La dama del velo blanco

(1808-1842)
El estudiante de Salamanca




Y entonces la visión del blanco velo
 al fiero Montemar tendió una mano,
 y era su tacto de crispante hielo,
 y resistirlo audaz intentó en vano:

     galvánica, cruel, nerviosa y fría,
 histérica y horrible sensación,
 toda la sangre coagulada envía
 agolpada y helada al corazón...

     Y a su despecho y maldiciendo al cielo,
 de ella apartó su mano Montemar,
 y temerario alzándola a su velo,
 tirando de él la descubrió la faz.

      ¡Es su esposo!, los ecos retumbaron,
 ¡La esposa al fin que su consorte halló!
 Los espectros con júbilo gritaron:
 ¡Es el esposo de su eterno amor!

     Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo! Y era
 (¡desengaño fatal!, ¡triste verdad!)
 una sórdida, horrible calavera,
 la blanca dama del gallardo andar...

     Luego un caballero de espuela dorada,
 airoso, aunque el rostro con mortal color,
 traspasado el pecho de fiera estocada,
 aún brotando sangre de su corazón,


se acerca y le dice, su diestra tendida,

 que impávido estrecha también Montemar:
 -Al fin la palabra que disteis, cumplida;
 doña Elvira, vedla, vuestra esposa es ya.


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