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Mostrando las entradas etiquetadas como Teatro

Conferencia sobre el teatro de Federico García Lorca

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Federico García Lorca (1898-1936) Conferencia-charla sobre el teatro  leída por primera vez en Buenos Aires en 1933   Queridos amigos: Hace tiempo hice firme promesa de rechazar toda clase de homenajes, banquetes o fiestas que se hicieran a mi modesta persona; primero, por entender que cada uno de ellos pone un ladrillo sobre nuestra tumba literaria, y segundo, porque he visto que no hay cosa más desolada que el discurso frío en nuestro honor, ni momento más triste que el aplauso organizado, aunque sea de buena fe. Además, esto es secreto, creo que banquetes y pergaminos traen el mal fario, la mala suerte, sobre el hombre que los recibe; mal fario y mala suerte nacidos de la actitud descansada de los amigos que piensan: "Ya hemos cumplido con él". Un banquete es una reunión de gente profesional que come con nosotros y donde están, pares o nones, las gentes que nos quieren menos en la vida. Para los poetas y dramaturgos, en vez de homenajes yo organizaría ataques y desafíos en...

"Leonardo y la novia"

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Federico García Lorca (1898-1936) Bodas de sangre LEONARDO: Ya dimos el paso; ¡calla! porque nos persiguen cerca y te he de llevar conmigo. NOVIA: ¡Pero ha de ser a la fuerza! LEONARDO: ¿A la fuerza? ¿Quién bajó primero las escaleras? NOVIA: Yo las bajé. LEONARDO: ¿Quién le puso al caballo bridas nuevas? NOVIA: Yo misma. Verdad. LEONARDO: ¿Y qué manos me calzaron las espuelas? NOVIA: Estas manos que son tuyas, pero que al verte quisieran quebrar las ramas azules y el murmullo de tus venas. ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta! Que si matarte pudiera, te pondría una mortaja con los filos de violetas. ¡Ay, qué lamento, qué fuego me sube por la cabeza!

La muerte de Max Estrella y el nacimiento del Esperpento

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Ramón María del Valle-Inclán Luces de Bohemia (1924) Rinconada en costanilla y una iglesia barroca por fondo. Sobre las campanas negras, la luna clara. DON LATINO y MAX ESTRELLA filosofan sentados en el quicio de una puerta. A lo largo de su coloquio, se torna lívido el cielo. En el alero de la iglesia pían algunos pájaros. Remotos albores de amanecida. Ya se han ido los serenos, pero aún están las puertas cerradas. Despiertan las porteras. MAX: ¿Debe estar amaneciendo? DON LATINO: Así es. MAX: ¡Y que frío! DON LATINO: Vamos a dar unos pasos. MAX: Ayúdame, que no puedo levantarme. ¡Estoy aterido! DON LATINO: ¡Mira que haber empeñado la capa! MAX: Préstame tu carrik, Latino. DON LATINO: ¡Max, eres fantástico! MAX: Ayúdame a ponerme en pie. DON LATINO: ¡Arriba, carcunda! MAX: ¡No me tengo! DON LATINO: ¡Qué tuno eres!

"Bajarse al moro": Y llegó Elena

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José Luis Alonso de Santos (1942-)   Bajarse al moro(1985) (Se abre la puerta de la calle y aparece la cabeza de CHUSA, veinticinco años, gordita, con cara de pan y gafas de aro.) CHUSA. ¿Se puede pasar? ¿Estás visible? Que mira, que ésta es Elena, una amiga muy maja. Pasa, pasa, Elena. (Entra y detrás ELENA con una bolsa en la mano, guapa, de unos veintiún años, la cabeza a pájaros y buena ropa.) Este es Jaimito, mi primo. Tiene un ojo de cristal y hace sandalias. ELENA . (Tímidamente) ¿Qué tal?

El final de Don Juan

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José Zorrilla (1817-1823) Don Juan Tenorio Segunda parte, ACTO III (Llama al sepulcro del COMENDADOR.-Este sepulcro se cambia en una mesa que parodia horriblemente la mesa en que cenaron en el acto anterior DON JUAN, CENTELLAS y AVELLANEDA. -En vez de las guirnaldas que cogían en pabellones sus manteles, de sus flores y lujoso servicio, culebras, huesos y fuego, etcétera.(A gusto del pintor.) Encima de esta mesa aparece un plato de ceniza, una copa de fuego y un reloj de arena.-Al cambiarse este sepulcro, todos los demás se abren y dejan paso a las osamentas de las personas que se suponen enterradas en ellos, envueltas en sus sudarios. Sombras, espectros y espíritus pueblan el fondo de la escena-La tumba de DOÑA INÉS permanece.)    ESTATUA. Aquí me tienes, don Juan, y he aquí que vienen conmigo los que tu eterno castigo De Dios reclamando están.    D. JUAN. ¡Jesús!    ESTATUA. ¿Y de qué te alteras, si nada hay que a ti te aso...

"¿No es cierto, ángel de amor...?": la escena del sofá

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José Zorrilla (1817-1823) Don Juan Tenorio ACTO IV-Escena III  D. JUAN: ¡Cálmate, pues, vida mía! Reposa aquí; y un momento olvida de tu convento la triste cárcel sombría. ¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor? Esta aura que vaga, llena de los sencillos olores de las campesinas flores que brota esa orilla amena; esa agua limpia y serena que atraviesa sin temor la barca del pescador que espera cantando el día, ¿no es cierto, paloma mía, que están respirando amor?(…)

Don Juan Tenorio

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José Zorrilla Don Juan Tenorio ACTO I Escena XII DON JUAN: Como gustéis, igual es, que nunca me hago esperar. Pues, señor, yo desde aquí, buscando mayor espacio para mis hazañas, di sobre Italia, porque allí tiene el placer un palacio. De la guerra y del amor antigua y clásica tierra, y en ella el Emperador, con ella y con Francia en guerra, díjeme: «¿Dónde mejor? Donde hay soldados hay juego, hay pendencias y amoríos». Di, pues, sobre Italia luego, buscando a sangre y a fuego amores y desafíos.

El final de D. Álvaro

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Ángel Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865) Don Álvaro o la fuerza del sino. Acto V, escena X D ÁLVARO, D. ALFONSO Y DOÑA LEONOR, vestida con un saco, y esparcidos los cabellos, pálida y desfigurada, aparece a la puerta de la gruta, y se oye repicar a lo lejos las campanas del convento  DOÑA LEONOR. Huid, temerario; temed la ira del cielo.  DON ÁLVARO. (Retrocediendo horrorizado por la montaña abajo.) ¡Una mujer!... ¡Cielos!... ¡Qué acento!... ¡Es un espectro!... Imagen adorada... ¡Leonor ¡Leonor!  DON ALFONSO. (Como queriéndose incorporar.) ¡Leonor!... ¿Qué escucho? ¡Mi hermana!  DOÑA LEONOR. (Corriendo detrás de don Álvaro.) ¡Dios mío! ¿Es don Álvaro?... Conozco su voz...Él es... ¡Don Álvaro!  DON ALFONSO. ¡O furia! Ella es... ¡Estaba aquí con su seductor!... ¡Hipócritas!... ¡Leonor!!!  DOÑA LEONOR. ¡Cielos!... ¡Otra voz conocida!... ¿Mas qué veo?... (Se precipita hacia donde ve a DON ALFONSO.)  DON ALFONSO. ¡Ves al ...

El sino fatal

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Ángel Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865) Don Álvaro o la fuerza del sino. Acto I, escena VIII (Ábrese la puerta con estrépito después de varios golpes en ella, y entra EL MARQUÉS en bata y gorro con un espadín desnudo en la mano, y detrás dos criados mayores con luces)  MARQUÉS. (Furioso.) Vil seductor... hija infame.  DOÑA LEONOR. (Arrojándose a los pies de su padre.) ¡Padre!!! ¡padre!!!  MARQUÉS. No soy tu padre... aparta... Y tú, vil advenedizo...  DON ÁLVARO. Vuestra hija es inocente... Yo soy el culpado... Atravesadme el pecho. (Hinca una  rodilla.)

Los frutos de la educación

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Leandro Fernández de Moratín   (1760-1828) El sí de las niñas Acto III, Escena VIII DON DIEGO.-   No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que acabo de oír resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son éstas las señales de quererme exclusivamente a mí, de casarse gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor?   (Vase iluminando lentamente la escena, suponiendo que viene la luz del día.)  

Deber de hija

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Leandro Fernández de Moratín   (1760-1828) El sí de las niñas Acto II, Escena IV DOÑA IRENE.-   Pues mucho será que Don Diego no haya tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡Tan atento! ¡Tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡Qué batería de cocina! ¡Y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que atiendes a lo que estoy diciendo.  DOÑA FRANCISCA.-   Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería interrumpir a usted.  DOÑA IRENE.-   Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua. Pajaritas del aire que apetecieras las tendrías, porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre ...

El atraco

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José Luis Alonso de Santos (1942-) La estanquera de Vallecas (1981)   CUADRO PRIMERO Antiguo estanco de Vallecas. El tabaco quieto, ordenado, serio y en filas, como en la mili. Un derroche de luz penetra por la vieja puerta de madera abierta de par en par. Detrás del mostrador de pino despacha una anciana de aspecto rural. Es un día cualquiera en una hora cualquiera y se escuchan fuera los miles de ruidos que van y vienen a lo suyo. De pronto rompe la armonía el latido de dos corazones fuera de madre, y recortan su negra silueta en la luz de la puerta dos sinvergüenzas dispuestos a todo. Merodean de aquí para allá, primero uno y luego otro, buscando el momento propicio. Al fin se deciden y, viendo que no hay nadie, entra uno, quedándose el otro a vigilar la puerta. TOCHO. Un paquete de Fortuna, señora. (La anciana se lo alcanza y él se busca los duros disimulando, mientras el otro vigila de reojo. A una seña se lanzan al lío, amaneciendo en un tris en las m...

Tocho y Ángeles

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José Luis Alonso de Santos (1942-) La estanquera de Vallecas (1981) ÁNGELES. ¿Hace mucho que robas? TOCHO. Y a ti qué te importa. ÁNGELES. Pues yo una vez salí con uno que robaba los casetes de los coches. TOCHO. (Despectivo.) ¡Casetes! (Sigue moviendo la pistola tratando de impresionarla.) Oye, ¿y a ti te ha dicho alguien que estás más buena que el pan? ÁNGELES. No. TOCHO. Pues te lo digo yo. ¿Pasa algo? ÁNGELES. No. TOCHO. ¡Ah!, por eso. Y qué, ¿la vieja te tiene en conserva como los tomates pa meterte monja? ÁNGELES. No.

La escena del balcón

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William Shakespeare (1564-1616) Romeo y Julieta Bajo el balcón de Julieta. (Romeo entra sin ser visto en el palacio de los Capuleto. Julieta aparece en una ventana) Romeo:- ¡Silencio! ¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente, y Julieta, el sol! ¡Surge, esplendente sol, y mata a la envidiosa luna, lánguida y pálida de sentimiento porque tú, su doncella, la has aventajado en hermosura! ¡No la sirvas, que es envidiosa! Su tocado de vestal es enfermizo y amarillento, y no son sino bufones los que lo usan, ¡Deséchalo! ¡Es mi vida, es mi amor el que aparece!… Habla… más nada se escucha; pero, ¿qué importa? ¡Hablan sus ojos; les responderé!…Soy demasiado atrevido. No es a mi a quien habla. Las más resplandecientes estrellas de todo el cielo, teniendo algún quehacer ruegan a sus ojos que brillen en sus esferas hasta su retorno. ¿Y si los ojos de ella estuvieran en el firmamento y las estrellas en su rostro? ¡El fulgor de sus mejillas avergonz...

Las siete y media, y su peligro

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Pedro Muñoz-Seca (1879-1936) La venganza de Don Mendo (1918) (Mendo, apuesto caballero como de treinta años, bien vestido y mejor armado.) MAGDALENA.– (Yendo hacia él y cayendo en sus brazos.) ¡Don Mendo! MENDO.– (Declamando tristemente.) ¡Magdalena! Hoy no vengo a tu lado cual otras noches, loco, apasionado... porque hoy traigo una pena que a mi pecho destroza, Magdalena. MAGDALENA.– ¿Tú triste? ¿Tú apenado? ¿Tú sufriendo? ¿Pero qué estoy oyendo? Relátame tus cuitas, ¡oh, don Mendo! (Ofreciéndole una dura banqueta, bastante incómoda.) Acomódate aquí. MENDO.– Preferiría aquél, de cuero, blando catrecillo, pues del arzón, sin duda, vida mía, tengo no sé si un grano o un barrillo. MAGDALENA.– ¡Y has venido sufriendo! MENDO.– ¡Mucho!... ¡Mucho! MAGDALENA.– ¿Cómo no quieres, di, que te idolatre? Apóyate en mi brazo, ocupa el catre y cuéntame tu mal, que ya te escucho.  (Ocupa don Mendo un catrec...