Nivola

(1864-1936)
Niebla, cap.XVII

         
         - Pero ¿te has metido a escribir una novela?
         - ¿Y qué querías que hiciese?
         - ¿Y cuál es su argumento, si se puede saber?
        - Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo.
          - ¿Y cómo es eso?
        - Pues mira, un día de estos que no sabía bien qué hacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno. Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a las veces su carácter será el de no tenerlo.
         - Sí, como el mío.
         - No sé. Ello irá saliendo. Yo me dejo llevar.
         - ¿Y hay psicología?, ¿descripciones?
         - Lo que hay es diálogo; sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada. (…) A la gente le gusta la conversación por la conversación misma, aunque no diga nada. Hay quien no resiste un discurso de media hora y se está tres horas charlando en un café. Es el encanto de la conversación, de hablar por hablar, del hablar roto a interrumpido.
         - También a mí el tono de discurso me carga ...
         - Sí, es la complacencia del hombre en el habla, y en el habla viva ... Y sobre todo que parezca que el autor no dice las cosas por sí, no nos molesta con su personalidad, con su yo satánico. Aunque, por supuesto, todo lo que digan mis personajes lo digo yo...
         - Eso hasta cierto punto...
         - ¿Cómo hasta cierto punto?
         - Sí, que empezarás creyendo que los llevas tú, de tu mano, y es fácil que acabes convenciéndote de que son ellos los que te llevan. Es muy frecuente que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones...
         - Tal vez, pero el caso es que en esa novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como fuere.
         - Pues acabará no siendo novela.
         - No, será... será... nivola.
         - Y ¿qué es eso, qué es nivola?
         - Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez le llevó a don Eduardo Benoit, para leérselo, un soneto que estaba en alejandrinos o en no sé qué otra forma heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: Pero ¡eso no es soneto! ... No, señor -le contestó Machado-, no es soneto, es... sonite. Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino... ¿cómo dije?, navilo ... nebulo, no, no, nivola, eso es, ¡nivola! Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las leyes de su género ... Invento el género, al inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place. ¡Y mucho diálogo!
         - ¿Y cuando un personaje se queda solo?
         - Entonces... un monólogo. Y para que parezca algo así como un diálogo invento un perro a quien el personaje se dirige.
         - ¿Sabes, Víctor, que se me antoja que me estás inventando?
         - ¡Puede ser!
Al separarse uno de otro, Víctor y Augusto, iba diciéndose éste:
-Y esta mi vida, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean, ¿es realidad o es ficción? ¿No es acaso todo esto un sueño de Dios o de quien sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y por eso le rezamos y elevamos a Él cánticos a himnos, para adormecerle, para cunar su sueño? ¿No es acaso la liturgia de todas las religiones un modo de brezar el sueño de Dios y que no despierte y deje de soñarnos? 

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