"Yo quiero ser cómico" (fragmentos)

(1809-1837)
    No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara a la luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa ´[cuando] me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que me correspondía ingerir aquel día en la revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz (…), y sobre todo que fuese serio (…). No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente, verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más o menos. 


   Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería (…), cuando me deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente. (…) Y dando tormento a los tirantes y rudos músculos de su fisonomía (…), me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa: 
    -¿Es usted el redactor llamado Fígaro?... 
     -¿Qué tiene usted que mandarme? (…) 
     -Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro… (…) 
    -¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted? 
    -¿Cómo? ¿Se necesita saber algo? 
    -No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor… 
  -Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con ese pie en una corporación. 
   -Ya le entiendo a usted: usted quisiera ser cómico aquí, y así será preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted castellano? 
    -Lo que usted ve…; para hablar las gentes me entienden… 
    -Pero la gramática y la propiedad, y… 
    -No, señor, no. 
   -Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras… 
    -Perdone usted. 
   -Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas. 
   -Perdone usted, señor. Nada, nada. ¡Tan poco favor me hace usted! Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco…, mire usted… (…) 
   -Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso. ¿Aprendió usted Historia? 
   -No, señor; no sé lo que es. 
   -Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos… 
   -Nada, nada; no, señor. 
   -Perfectamente. 
  -Le diré a usted…, en cuanto a trajes, ya sé que en siendo muy antiguo siempre a la romana. 
   -Esto es: aunque sea griego el asunto. 
  -Si, señor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o a la antigua española; según…, ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es más moderno o del día, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos, casacón y media en los padres. 
   -¡Ah, ah! Muy bien. 
   -Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán o la dama, según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellos tienen en sus arcas, así… 
   -¡Bravo! 
   -Porque ellos suelen saberlo. 
   -¿Y cómo presentará usted un carácter histórico? 
  -Mire usted: el papel lo dirá, y luego como el muerto no se ha de tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle a uno…, además que gran parte del público suele estar tan enterado como nosotros… 
   -¡Ah ya…! Usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no… 
   -No es gran cosa; pero eso no es esencial. 
   -¿Y de educación, de modales y usos de sociedad, a qué altura se halla usted? 
  -Mal; porque si va a decir verdad, yo soy pobrecillo: yo era escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me quiero meter cómico; porque se me figura a mí que es oficio en que no hay nada que hacer… 
    -Y tiene usted razón. 
   -Todo lo hace el apunte, y…, por consiguiente, no conozco a esos señores usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté a ninguno de ellos. 
   -Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano. 
   -Escasamente. 
   -¿Y como representará usted tantos caracteres distintos? 
  -Le diré a usted: si hago de rey, de príncipe o de magnate, ahuecaré la voz, miraré por encima del hombro a mis compañeros, y mandaré con mucho imperio… 
   -Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidos a la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos… 
   -Si, pero ¡ya ve usted!, en el teatro es otra cosa. 
   -Ya me hago cargo. 
   -Por ejemplo: si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras o en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el tablado con mi bastón de borlas, y pondré cara de caballo, como si los jueces no tuviesen entrañas… 
   -No se puede hacer más. 
  -Si hago de delincuente, me haré el perseguido, porque en el teatro todos los reos son inocentes… 
   -Muy bien. 
  -Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos… Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera… Si hago un barba, andaré a compás, como un juego de escarpias, me temblarán siempre las manos como perlático o descoyuntado; y aunque el papel no apunte más de cincuenta años, haré del tarato y decrépito, y apoyaré mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice a los espectadores: “Allá va esto para ustedes.” (…) 
   -¿Y memoria? 
   -No es cosa la que tengo; y aún ésa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio… (…) 
   -No más, no más; le digo a usted que usted será cómico. Dígame usted: ¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es, o por el verso más que no entienda siquiera lo que es prosa?... 
   -¿Pues no tengo de saber, señor? Eso lo hace cualquiera. 
  -¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿Sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para…? 
  -Vaya si sabré; precisamente ése es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.   

   Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado: “Venga usted acá, mancebo generoso, exclamé todo alborozado; venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico, en fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio.” 

   Diciendo estas y otras razones, despedí a mi candidato, prometiéndole las más eficaces recomendaciones.

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