"La desesperación"

(1808-1842)
Canciones


Me gusta ver el cielo 
con negros nubarrones 
y oír los aquilones 
horrísonos bramar, 
me gusta ver la noche 
sin luna y sin estrellas, 
y sólo las centellas 
la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio 
de muertos bien relleno, 
manando sangre y cieno 
que impida el respirar, 
y allí un sepulturero 
de tétrica mirada 
con mano despiadada 
los cráneos machacar.


Me alegra ver la bomba 
caer mansa del cielo, 
e inmóvil en el suelo, 
sin mecha al parecer, 
y luego embravecida 
que estalla y que se agita 
y rayos mil vomita 
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte 
con su ronco estampido, 
y al mundo adormecido 
le haga estremecer, 
que rayos cada instante 
caigan sobre él sin cuento, 
que se hunda el firmamento 
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio 
que corra devorando 
y muertos apilando 
quisiera yo encender; 
tostarse allí un anciano, 
volverse todo tea, 
y oír como chirrea 
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña 
de nieve tapizada, 
de flores despojada, 
sin fruto, sin verdor, 
ni pájaros que canten, 
ni sol haya que alumbre 
y sólo se vislumbre 
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte, 
solar desmantelado, 
me place en sumo grado 
la luna al reflejar, 
moverse las veletas 
con áspero chirrido 
igual al alarido 
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno 
lleven a los mortales 
y allí todos los males 
les hagan padecer; 
les abran las entrañas, 
les rasguen los tendones, 
rompan los corazones 
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida 
que inunda fértil vega, 
de cumbre en cumbre llega, 
y arrasa por doquier; 
se lleva los ganados 
y las vides sin pausa, 
y estragos miles causa, 
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas, 
el juego, las botellas, 
en torno de las bellas 
alegres apurar; 
y en sus lascivas bocas, 
con voluptuoso halago, 
un beso a cada trago 
alegres estampar.

Romper después las copas, 
los platos, las barajas, 
y abiertas las navajas, 
buscando el corazón; 
oír luego los brindis 
mezclados con quejidos 
que lanzan los heridos 
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno 
pedir a voces vino, 
mientras que su vecino 
se cae en un rincón; 
y que otros ya borrachos, 
en trino desusado, 
cantan al dios vendado 
impúdica canción.

Me agradan las queridas 
tendidas en los lechos, 
sin chales en los pechos 
y flojo el cinturón, 
mostrando sus encantos, 
sin orden el cabello, 
al aire el muslo bello… 
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

Y además...:



Recitado por Pepe Mediavilla:


Recitado por Naia Estíbaliz:

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