¡Qué bien sienta soltar un taco!

 Antonio Lucas


Alfonso XII fue explícito en su felicitación al capitán Silvestre cuando el desembarco de Alhucemas: “Olé tus cojones”. Era la expresión de júbilo del monarca. Un taco servía para concretar la satisfacción del rey. Cualquier sensación (júbilo, pesar, indignación...) tiene su correspondencia en una palabrota, en lo que llaman los cursis “una expresión malsonante”. El español está minado de ellas. Es uno de los idiomas europeos más imaginativos a la hora de construir sus particulares interjecciones.

No son más de 15 o 20 los tacos que habitualmente entran en una conversación. Generalmente, todos ellos son palabras que mantienen un sentido sonámbulo, pues dependiendo del contexto asumen un significado o el contrario: joder y ¡joderrrr!; coño y ¡cooooño! Por ejemplo. Eso sí, pueden ser considerados como esas orillas del español que menos han evolucionado en los últimos siglos. “Son siempre los mismos y se ha innovado muy poco en este terreno. Su función es desacralizar de algún modo aquello que está prohibido o se nos presenta como tal”, comenta el sociólogo Amando de Miguel.

En el repertorio del español, rico e imaginativo en el uso de las periferias del lenguaje, no hay demasiados palabros de este tipo. Otra cosa son las posibilidades que ofrecen de forma y grado a partir de las derivaciones de la misma raíz (bien sean diminutivas o aumentativas). Del prefijo gili puede salir desde gilipollas hasta gilitonto (que es un querer y no poder para cursis). La variedad lingüística de España, su cóctel de tradiciones y la idiosincrasia de las 52 provincias que la conforman han hecho de los tacos un territorio alado donde estos se han convertido en muletillas permanentes dentro de cualquier conversación de carácter informal. 

Y por esa misma disparidad territorial (los manidos hechos diferenciales) su uso y el del insulto (que es otra pestaña de las expresiones malsonantes) adquieren personalidad propia según dónde se digan, dónde se oigan.

“El campo de los insultos es más rico y más abierto. Van desde la insinuación al aspecto más bestia. Y se pueden enriquecer, cosa que no sucede con los tacos, que pertenecen a un territorio de la lengua que está muy fosilizado. No es lo mismo decir ‘cojones’ que ‘testículos’. Obviamente no cumplen igual misión. La palabrota no tiene destinatario, es algo más neutro, mientras que el insulto siempre va a alguien o algo”, comenta el filólogo José Antonio Millán, que ha estudiado sus posibilidades en numerosas publicaciones y en su excelente página web, convenientemente actualizada, paraíso de la exégesis del improperio en distintos ámbitos: www.jamillan.com.

Escritores, filólogos y sociólogos conocen, de modo más científico, el papel que este tipo de elementos lingüísticos juegan dentro del español. Camilo José Cela era un maestro en la esgrima de lo malsonante. Su elegancia abrupta sobrevuela buena parte de su obra, dándole brío a su escritura, humanizándola, incluso. Ahí queda una de sus joyas literarias, Izas, rabizas y calipoterras, sobre la efervescencia vital de los burdeles. Pero hay más: Francisco Umbral ha hecho de esto una de las esquinas de su honda y agilísima prosa, esencialmente en el texto periodístico. En un artículo publicado en El Mundo en 1995 dejó escrito: “La difamación y el insulto son artes mayores de la literatura y la oratoria, que nuestros políticos en ningún caso dominan, apelando entonces a su vulgaridad natural. Les vemos ahora como son, y no sólo por la cazadora. Informar no quieren, porque eso sería mostrar el viejo naipe con muescas, e insultar no saben”.

El Diccionario del insulto (Editorial Península), compilado por Juan de Dios Luque, Antonio Pamies y Francisco José Manjón, reúne 5.000 entradas, muchas de ellas extraídas de los escritores citados, pero también de otros tantos autores y periodistas como Raúl del Pozo, que cuenta con un destacado número de acepciones atribuidas. Desde Quevedo, Cervantes, Lope de Vega y Góngora hasta Baroja, Galdós y Valle-Inclán, la elegancia de la descalificación se ha convertido en una joya de nuestro acervo cultural. Según los coordinadores del diccionario, estas palabras “tienen un valor catártico y una función social muy saludables, y el uso lamentable que en ocasiones pueda resultarnos indignante no debe hacernos perder de vista que el insulto es, ante todo, un antídoto contra el engaño, un retrato de nuestra forma de ser y de nuestra historia”.

Tanto el taco como el insulto se podrían dividir en tres familias: los que se refieren a blasfemias, los de acepción sexual y los de contenido escatológico. “Estos son los más comunes en todas las culturas. Lo sucio está identificado con lo prohibido, y eso invita a desarrollarlo”, explica De Miguel. Cada uno de estos encuentra, según las distintas Comunidades Autónomas, sus propios usos y derivaciones. Madrid es quizá el lugar donde converge la gran mayoría, por el dispar tejido social que le da vida. Asimismo, el aumento de la inmigración introduce numerosas expresiones que se van adaptando con timidez pero sin pausa al hablar de la calle, sobre todo entre la población joven en colegios e institutos. Existe, no obstante, un casticismo en penumbra que aún, tímidamente, conserva el pulso. “Enteco”, dicen aún los viejos del foro para referirse a un tipo enfermizo; y “bujendi”, para señalar a un homosexual; y “burdión”, por un proxeneta; y “lupa”, si se habla de una chica de burdel; y “entruchón” para denunciar a un estafador.

INSULTAR EN CHELI. Pero mientras esto se pierde lentamente, aparecen nuevas maneras con el cheli como bandera. Están cifradas en una asimilación de la jerga mezclada con las acepciones más comunes de lo malsonante: “Vaya mierda de queli” (vaya mierda de casa), y en este plan. Los rasgos sociológicos, en tal caso, no sirven de indicativo a la hora de realizar divisiones en la utilización de estos recursos lingüísticos. Así lo cree Amando de Miguel: “Ésta no es una cuestión de clases sociales. No se debe hacer tal división. El taco es una expresión de situaciones coloquiales. Y se da tanto en clases bajas como en altas. Aunque éstas, por sus compromisos formales, lo evitan. Parece broma, pero es así”.

En Madrid, como sucede en Andalucía, hay expresiones ofensivas que adquieren una extraña capacidad de convertirse en piropo. Es probable oír entre dos personas la expresión “hijo de puta” como un elogio, y así sucesivamente. Sin embargo, existe una excepción que en cualquier rincón de la península cumple con su objetivo de agravio: todas aquellas frases ofensivas que incluyen la figura de la madre de un modo directo. (...)

“El campo de los insultos es más rico y más abierto que el de los tacos, en el que las palabras están muy oxidadas . Una muestra es que si sustituyes en un diálogo coño por vagina, ya no cumple la misma misión. Expresiones como ‘hideputa’, tan extendida en el Siglo de Oro, se han mantenido a lo largo de los siglos casi igual. Quizá la adquisición más reciente del español sea ‘gilipollas’. No cabe duda de que en el momento en el que los giros coloquiales entran en la lengua se produce un interés inmediato”, explica Millán.

Y es que este tipo de recursos lingüísticos adquieren en cualquier lugar un poder balsámico. Así lo cree Raúl del Pozo: “No existe otra lengua con la que se insulte tan bien como con la nuestra. Es el idioma del rencor y la envidia. Aunque también hay algo de alivio en eso. Tampoco conviene olvidar que en el hecho de insultar a alguien con furia se encierra un rumor fascista. Y lo cierto es que muchas veces se llama insulto a lo que no es más que una definición ajustada. En el caso de los gitanos hay aseveraciones muy duras, como ‘que colgao te veas’, que implican un punto de tragedia; o cuando dicen ‘arjulipí’, para referirse a una prostituta, o ‘jindañí’, para señalar a una mujer cobarde. Pero dicen que los que mejor practican este arte en Europa son los diputados británicos. Han tenido sesiones gloriosas en Westminster”.

No en vano, algunos ciudadanos extranjeros se adaptan perfectamente al castellano a través de estas expresiones. El futbolista Stoichkov, siendo búlgaro, juraba siempre en español durante los partidos. Y el mismo Beckham ya ha declarado a la prensa que de momento, de nuestro idioma, sólo conoce algunas palabrotas. Así va la cosa. (...)

CURRO ROMERO. Aunque para escuchar el barroquismo límite en estas cuestiones, Andalucía alberga todos los secretos. Entre las miles de anécdotas del carácter volátil de un insulto andaluz existe aquella referida a Curro Romero. Sucedió una tarde en La Maestranza, en una de esas faenas insufribles del Faraón de Camas. Rugían los tendidos de expectación y el diestro ofreció un espectáculo infame. Ante el desastre, desde los tendidos se escuchó una voz: “Curro, el año que viene va a venir a verte quien tenga güevos de aguantarte... Y yo, también”. “Malaje” (mala persona), “saborío” (soso), “enruchao” (salido), “engurruñío” (avaro), “alonao” (tonto)... Son algunas otras perlas que se pueden escuchar en el Sur para decir sin decir, pero diciendo. Sólo de tonto, por ejemplo, se pueden encontrar más de 1.000 derivaciones.

“El eufemismo, la semejanza, nos acerca a la palabra prohibida. Esto es lo que hace de Andalucía un verdadero crisol de expresiones malsonantes. Tienen una extraña capacidad para llegar a las cosas por otro camino, para desdramatizar lo severo de los palabros fuertes, dotándolos de un aspecto festivo que en muchas ocasiones mueve a la hilaridad”, asegura Amando de Miguel. No existe un estudio sistematizado de estas expresiones, pues su renovación, a diferencia del taco, es muy usual. Según los expertos en lingüística, en el vocabulario habitual de una persona se manejan unas 300 palabras; de ellas, sólo un 10% son estrictamente tacos, pero por su repetición y abundancia de uso se convierten en numerosos casos en las interjecciones más recurridas.

“Todas estas palabras y recursos expresivos encierran un efecto casi balsámico o descargante”, explica José Antonio Millán. Algo en lo que incide también el sociólogo Amando de Miguel: “Yo diría que el insulto es una forma de pacificación social. Está contrastado que los países cuyas normas y costumbres no aceptan la libertad de estas expresiones son lugares ciertamente violentos”. Desde los orígenes del castellano, los tacos se fueron asumiendo y normalizando como parte de la cotideaneidad. Los cancioneros medievales encierran un gran registro de estas formas, al igual que algunos libros que marcan las pautas de conocimiento de determinadas épocas, como es el caso de las conocidas Coplas de Mingo Revulgo, publicadas en el siglo XV y que son un sorprendente compendio de exabruptos.

La irrupción de las nuevas tecnologías ha dado paso a un ingente trasvase de insultos y tacos por Internet. Sin embargo, los expertos aseguran que su incidencia en la creación de nuevos recursos es ínfima por ahora. Seguirá perviviendo este arte ancestral en la lumbre de la oralidad y en el pabellón fascinante de la literatura, que es donde queda fijado. Ésa es su mejor hornacina. Es en la escritura donde hiberna la memoria de tantos improperios y expresiones a lo ancho de una lengua. De otro modo no sabríamos hoy esa anécdota de la reina Victoria Eugenia –de origen inglés–, mujer de Alfonso XIII, que en su español aceitoso aprendió pronto a quejarse con retórica castiza del frío de Madrid: “En este palacio, en invierno, baja un frío de Guadarrama que corta los cojones”. Lo que usted (mal)diga, majestad. 

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