"Que venga Freud y lo vea" (adaptación).

El Semanal XL


En nuestros medios de comunicación hay algunos asuntos recurrentes hasta la náusea, que podríamos calificar de verdaderas obsesiones nacionales. Pero lo peor y más grave de estas fijaciones no son ellas en sí, sino el tiempo y el espacio que roban a cuestiones en verdad vitales que nos afectan a  diario sin hallar el menor reflejo periodístico.

¿Se han percatado ustedes de la cantidad de horas que dedican las televisiones públicas (las privadas estarían más en su derecho) a lo que se conoce como “vida social” o “cotilleos del corazón”, esto es, a las conyugalidades y extraconyugalidades de los  así llamados “famosos”? Uno enciende el aparato a cualquier hora y se encuentra con inaudita frecuencia a un montón de individuos con aspecto de fenómenos de feria que rivalizan entre sí por resultar más venenosos, zafios, maldicientes, soeces, lenguaraces e idiotas. Es llamativo lo  que tarda uno en distinguir a quienes son periodistas de quienes son los supuestos “famosos”, pues todos gastan las mismas ropas amamarrachadas y la misma sintaxis analfabeta. Todos los presentes se expresan con dificultad, no ya por su carencia de vocabulario y su ignorancia gramatical, sino porque exhiben unos labios semiparalíticos de tan inflados o siliconados. Algunos ni siquiera se atreven a sonreír, porque si lo hicieran empezarían a abrirse grietas abismales en sus acartonados rostros. Hablan durante horas de operaciones frankenstinianas, bodas, embarazos, nacimientos, bautizos, algún entierro, primeras comuniones y sandeces por el estilo.

Lo más grave, con todo, no son los dos mil programas y revistas sobre estos asuntos tan deprimentes (sobre todo para quien ha leído o conoce historias en verdad apasionantes, llenas de misterio y tragedia), sino que los telediarios –Señor, las noticias- consagren cada vez más minutos a informar sobre semejantes sordideces.

Lo mismo ocurre con el fútbol. Miren que a mí me gusta, pero no es de recibo que la mitad de un noticiario se emplee en dar cuenta del estado de la uña del dedo gordo del pie derecho de tal jugador, o en las declaraciones de tal dirigente o tal presidente de tal club.
Y así un día tras otro, sin protesta ni pausa, en detrimento de lo que importa. Si éste no es un país enfermo, que venga Freud y lo vea.

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